Cuando el Chincha hablaba de Dios

 

Pepe Segales Reyes Muñoz Reyes Muñoz 1er. Artículo Reyes Muñoz 2do. Artículo Reyes Muñoz 3er. Artículo Dialogar es amar Cuando el Chincha hablaba de Dios Su dolor era su dolor Cuando un hombre muere

Cuando el Chincha hablaba de Dios

 Padre

¡"Te amo"!

Padre

¡"Me amas"!

Padre

¡"Nos amamos"!

 ‘Y nuestro amor es eterno, desde antes de la vida y después de la muerte’. "¿Cuándo vendrás para llevarme contigo?, ¡Ya quiero estar contigo! Es un sentimiento tan fuerte el que siento por estar juntos, que no me alcanzan las palabras, ya no hay forma de expresarte este gran amor que llevo por dentro. Quisiera morir y no puedo, pues si ver la luz es bello, el verte a ti debe ser infinitamente hermoso..." Decía el Chincha… 

"Dialogar es amar", sí, porque el diálogo entre dos personas que se aman es un diálogo dulce y tierno; porque el verdadero amor se da y se comunica cuando a dos personas ya no les alcanzan las palabras para expresarse todo el amor que se sienten. Entonces sólo experimentan que el corazón se agranda, que los pulmones se inflan, que el pecho se inflama, que las palabras sobran,  y que el silencio y la contemplación son el único vínculo para decirse: "te amo", "me amas", "nos amamos". Cuando dos personas se aman, sólo se miran. Así es con Dios, cuando ya no hay nada que decirle, cuando uno ha desahogado el alma, ha vaciado el corazón, sólo se le puede contemplar y decirle: “te amo”, “me amas”, “nos amamos”. Y Dios dice a su criatura: “te amo eternamente”, “como te amo”, “nos amamos”. 

 Cuando el Chincha hablaba de Dios, simplemente se transformaba, era otro. Su voz no era su voz, sus palabras no eran sus palabras. Yo gozaba sus charlas de Dios, ¡cómo me gustaba que hablara de Dios! Se expresaba de él de un modo tan personal y directo, tan cercano, tan íntimo. Su secreto radicaba en dejar hablar al corazón, así no más, dejar que hablara el corazón, y escuchar la voz de Dios en su interior. Tuve la oportunidad de oírlo en muchas ocasiones hablar de Dios a multitudes, gritaba, gemía, murmuraba, ofendía, se callaba, actuaba como un niño. Hablaba de Dios con una gran pasión que se dejaba ver en todas sus expresiones. No tenía miedo al ridículo, a la crítica, a la desaprobación, a la acusación que le traería problemas, amenazas, ofensas. Y tuve la gracia de verlo orar, dialogar con Dios a solas, sin multitudes, sin plazas llenas, sin interlocutores, sin curiosos. Entonces su oración era la expresión  de tres frases cortas: "te amo", "me amas", "nos amamos", repetidas una y otra vez hasta el cansancio, hasta que sobraban las palabras y sólo tenía lugar el murmullo, y al final, el silencio. Sí, no cabía duda: orar es dialogar, dialogar es amar. 

El misterio de la Santísima Trinidad no era para el Chincha otra cosa sino el misterio del amor. Del amor eterno del Padre por el Hijo, y del Hijo por el Padre, a través del Espíritu Santo. Y este mismo acto divino repetido eternamente en el hombre: el Padre que ama a su hijo, su criatura; la criatura que ama a su Padre en el Hijo (Jesús) a través del Espíritu Santo. Y aún más fuertemente experimentado en el hijo caído, maltratado, ofendido, humillado, pordiosero, mugriento y pobre. Dios Padre que ama al sin rostro, al sin nombre, al olvidado, al Cristo escupido; al hijo prostituido, drogado, hijo de la chingada que ha violado, robado, herido, lastimado, matado; al hijo de puta que se ha aprovechado del pobre, del ratero de cuello blanco (rico), banquero, político, gobernante, usurero, corrupto, narcotraficante, embustero, demagogo; al cabrón mentiroso, adúltero, juez, policía, jerarca, prelado; al desalmado que pega, que ofende, que lastima, que abandona, que deja... 

El misterio del amor de Dios que por amor no mata a nadie, se amarra “las manos”, deja de ser Dios para no ser tirano; que deja su omnipotencia para no ser asesino, que se aguanta las ganas de ser Dios poderoso para no parecerse a la negación del hombre, a su maldad, acribillando a los malos; que renuncia a su poder para no aniquilar al soberbio y orgulloso, al vanidoso y perverso, al superficial y vale madre, al prepotente, al que corrompe, al que engaña, al que miente. El misterio del amor del Padre que dice "te amo" aunque no encuentre respuesta del hijo, sino por el contrario, rechazo y reproche, porque no dotó al hombre de otra suerte, de otro cuerpo, de otro destino, de otros padres, de otro nacimiento. El misterio del amor del Padre que ve en cada hijo que sufre a su Hijo crucificado, y que vuelve a "llorar" por una humanidad entera a la que ama, y porque ama, la mantiene y confía, que hace salir su sol sobre buenos y malos, porque es padre de misericordia, justo juez. 

         No, en el misterio del amor, Dios no es poder, es el pobre que siempre pierde, el Padre que lo da todo por amor, el Padre que está dispuesto a renunciar al puesto que las sociedades le han dado a lo largo de la historia –poder-, con tal de que el hombre exista. El Padre que sólo sabe amar, porque su naturaleza es amor. "Al Padre, a Dios, ¡ya no le pidas!",  “no seas cabrón” gritaba el Chincha con voz fuerte, sólo dile que le amas, es la oración más bonita que a él le gusta escuchar: "te amo".  

Recuerdo con profunda fidelidad que un día me dijo el Chincha en el comedor de una casa que teníamos los padres escolapios en Renato Leduc, México D.F., Tlalpan, primera sede  Provincial de México: "cuando a Dios le dices que le amas, Dios muere de amor por ti"; "cuando se lo dices repetidas veces, él estalla y grita a la creación entera YO TE AMO más que a nadie". “Díselo seguido y no digas más”, que esa sea tu oración. 

El Chincha moría de amor por Dios. Y por este misterio trinitario, en el que encontraba su fuerza,  moría de amor por sus chavos callejeros, porque en ellos veía realizado el amor que sentía por el Padre. En cada uno de ellos repetía la expresión que él oía en oración: "te amo", "me amas", "nos amamos", “somos de Dios”. Un día le dije a Dios, decía repetidas veces el Chincha: “Padre, ¿qué quieres que haga?”. “Ama, Alejandro, Ama”, me respondió. Éste era su credo, su verdad, su razón de vivir, el por qué de su amor a los niños de la calle y a todos los pobres que lo rodeaban. Él no sólo quería sacarlos de la pobreza, de la miseria. En el fondo quería que amaran a Dios, que descubrieran el profundo amor que Dios nos tiene. “Si descubres los ojos de Dios, el cómo te mira, sabrás cuánto te ama”. El Chincha sabía que una persona que se siente amada tiene la fuerza necesaria para salir adelante, el impulso para superar sus frustraciones, para caminar con esperanza, para recobrar la dignidad perdida, para perdonar al agresor, para curar la herida, sanar el alma; para liberar el espíritu de toda clase de esclavitud; para denunciar la agresión, evidenciar la mentira, buscar la verdad, proceder con justicia, caminar con rectitud, abrir el corazón a quien lo necesita, tender la mano al necesitado; para gozar de la vida, enderezar lo torcido, embellecer la  creación; para mirar a Dios como Padre de amor, no como el culpable de la suerte del hombre. 

La fuerza del amor no viene del poder, sino del corazón, es un acto de la voluntad; pertenece al querer y llega a su plenitud cuando ya no alcanzan las palabras para decir "te amo"; es esa extraña sensación de experimentar el amor en el silencio y en la mirada. Dialogar es amar. El que ama dialoga constantemente con Dios, y el fruto del amor son los actos de bondad dirigidos al hombre. 

Dialogar es amar.

Reyes Muñoz Tónix. SchP.

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