Cuando un hombre muere

 

Pepe Segales Reyes Muñoz Reyes Muñoz 1er. Artículo Reyes Muñoz 2do. Artículo Reyes Muñoz 3er. Artículo Dialogar es amar Cuando el Chincha hablaba de Dios Su dolor era su dolor Cuando un hombre muere

Cuando un hombre muere, cierra los ojos, pero abre el corazón a la plenitud 

Con tu muerte Alejandro, hay muchas cosas que recordar y que hoy cobran sentido; hay muchas anécdotas que te acompañan y que son testimonio fiel del amor que tenías por la vida y por tus pobres. Muchos eventos que de no ser por ti, no habrían sucedido jamás, muchas palabras que no se hubieran dicho ni pronunciado nunca, y menos con tu particular estilo. 

En los siguientes escritos trataré en todo lo posible de ser fiel, objetivo y responsable en cada línea y en cada palabra, para que otros te conozcan y se dejen cautivar como yo, de tu gran testimonio de vida, de tu hermosa experiencia que es una riqueza para nosotros, quienes tuvimos la hermosa oportunidad de haberte conocido en acción, aunque fuera por un momento breve. No sigo una secuencia lógica, más bien sigo los latidos del corazón, aquellos que llevo guardados como un tesoro, y quiero que resuenen en el pensamiento de todos quienes nos lean, como una lección de vida. En algún momento, haré mención de cartas, libros, entrevistas, periódicos, donde se narra tu ser y quehacer, para que seas tú el que hable directamente, a través de tus incontables escritos y amigos a los que, gracias a Dios, tengo acceso convirtiéndose éstos en fuente de primera mano. 

         Según tengo memoria… 

Era de noche, plaza pública Garibaldi, ubicada en el corazón de la Ciudad de México D.F. El lugar es un espacio tradicional cuya característica es el canto popular mexicano, y restaurantes que ofrecen comida picante, propia de estas tierras. Hombres y mujeres vestidos de mariachis están a la espera de ser contratados para cantar música mexicana, para ir a dar serenata a algunas casas, o amenizar una fiesta. A penas llega un potencial cliente, se abalanzan los ‘mariachis’ para pactar un posible contrato, negociando el costo, abaratando su oficio hasta más no poder para ganarle al grupo contrincante, y así obtener el beneficio del dinero. 

La plaza Garibaldi es visitada por propios y turistas que están a la búsqueda de un momento festivo. Con el paso de los años, se ha convertido en un centro obligado de reunión para los que quieren conocer al México popular y para quienes se jactan de ser mexicanos. Sin embargo, también ahí confluyen los niños de la calle, indigentes, ladrones y prostitutas, y una que otra persona pública que  gusta de pasar inadvertida, aunque su prepotencia y mala educación lo delatan a su paso. Todos hechos uno, todos inmersos en el mismo ambiente, todos mezclados, pero distintos, diferentes, "hasta entre los perros hay clases", escucho indignado de boca de dos hombres a quienes  se les abre paso entre una anciana que pide limosna y una niña que ofrece  chicles (goma de mascar).  

Allí en la plaza están todos los de esa noche. Unos cuidando sus pertenencias, otros queriéndoselas quitar; unos caminando por encima de los otros, otros caminando con los ojos a la tierra, humillados; unos que no quieren ver a los pobres, otros queriendo ser mirados. Sin lugar a dudas los cantos de los mariachis no significan lo mismo para unos y para otros. Unos van en búsqueda de fiesta, otros van para ganarse el pan cotidiano; unos para derrochar, otros para buscar el ‘mendigo’ dinero para la droga o la comida. Otros más van para olvidar sus penas, y otros para olvidar su triste existencia. Unos se irán para no volver después de unas copas u aventuras efímeras, acompañados de unos cuantos gritos patriotas aunque sean extranjeros, otros volverán mañana para seguir haciendo lo mismo, para vender sus cuerpos, para ver a quien roban, para conseguir lo que quizá nunca vendrá. 

Esa noche en la plaza ocurrió algo usual para muchos, para tus pobres, pero diferente para mi pobre alma que no sabía nada de la dignidad del hombre, porque una cosa es pensar en la dignidad, en la bondad, en el amor, hablar de los necesitados y su defensa, y otra abrazar al mendigo que huele mal, besar sus mejillas mugrientas sin temor a contaminarse, tomar con ternura y respeto a la prostituta que todos rechazan o desean como un objeto carnal, o besar al niño de la calle harapiento con olor a droga y que apenas puede articular una palabra, o cubrir con tu ropa al borracho caído que de seguro pasará frío, y que todos pasan sin ver, porque es mejor pasar de lado. 

En cuanto tú llegaste a Garibaldi, en cuanto te vieron venir tus pobres, gritaron tu nombre: “¡Es el Chincha!”. Tú tenías en tu rostro una sonrisa limpia y sincera dibujada para todos ellos; tenías unos ojos para mirarlos y unos labios para decirles lo que ellos querían oír: que les amabas. Unos oídos para recibir de ellos la misma expresión: te quiero, que bueno que viniste. "¡Ya vino el Chincha!", gritaron unos niños, e inmediatamente se agolparon en torno tuyo mendigos y pobres. Ibas con un traje azul sucio y descolorido, una camisa sin un par de botones que alguna vez fue blanca y manchada de varios días, un pantalón viejo y roído sujetado a la cintura con un cordón, "lazo", le decimos en México, unos zapatos rotos sin agujetas y con hoyos.  

Cuando tú los viste, corriste hacia ellos y ellos corrieron hacia a ti; literalmente te echaste en cima de los primeros que llegaron, y todos los demás se sumaron a ese derroche de alegría. Gritabas como un gigante que quiere devorarse a su presa, y tu presa sólo reía a grandes carcajadas. Tú fingías estar atrapado y ellos fingían que te tenían preso. Tú hacías muecas graciosas y ellos gozaban con tu presencia. Tú en el suelo, tirado, ellos por un instante encima, en el cielo, lejos de la pobreza, de los pensamientos amargos, siendo felices contigo, riendo a carcajadas. Yo observando la escena, completamente turbado, entre un sentimiento profundo de reclamo, y otro de agradecimiento, contemplé sin moverme siquiera tanta muestra de amor sin reparo. En mi corazón los latidos se aceleraban a medida que se sucedían las cosas, así como se aceleraba el gozo de tus hijos y tus hijas por ver a su padre, porque eso eras para ellos. Tú me viste ahí parado y sólo me regalaste la misma sonrisa que le diste a tus pobres, sin decir nada, porque nada había que decir. Cuando el amor es verdadero sobran las palabras, sólo quedan los gestos, los actos, los detalles, la dicha. 

Entonces, un hecho inusitado irrumpió el gozo, un grito que jamás me hubiera imaginado: "¡vamos a cenar!". ¿Cómo Chincha? Exclamó un incrédulo. ¡No tenemos dinero! “¡Vamos a cenar!” volviste a gritar firmemente. Y llevaste a todos los que pudiste, y entramos a un restaurante sin importar nada, ni el nombre, ni los que estaban dentro. Y todos te siguieron, y nadie te impidió el paso. Dijiste: "en el banquete de mi Padre, todos son invitados". Y todos disfrutamos hasta saciarnos, de comida, de alegría, de risas, de  gozos, de ti. Ese día cantaste canciones, simulaste ser una trompeta, un violín, una orquesta, un tambor, un mariachi, un mago. Era dicha pura. 

En medio del ruido, pude observar un tremendo acto de amor que llevo impregnado en el corazón y guardo en la memoria: "te quiero Chincha", exclamó sutilmente una jovencita de apenas unos 14 años. "Yo te amo", "Dios te ama", "nos amamos". "Somos fruto del amor", respondiste. Ella se recostó en tu pecho, suspiró; cerró los ojos y se abandonó al amor, ese amor que nunca había tenido, que no es interesado y que no busca retribución alguna; ese amor que es puro amor, y que hace resurgir del alma la esencia de la vida. "Somos fruto del amor", repetí una y otra vez en mi cabeza esa frase que tantas veces había leído, dicho o escrito, pero sin fuerza, sin contenido.  

Pero, ¿cómo fruto del amor en medio de tales circunstancias? El amor es un acto de la voluntad, un acto concreto, una bella acción. Y esa noche, en la plaza, en el restaurante, en la intimidad de un abrazo, descubrí que el fruto del amor es amar, entregarse, hacer feliz a los demás y ser feliz uno mismo con lo que hace. El fruto del amor es un suspiro que despierta una mirada sincera, unos oídos dispuestos a escuchar, una manos dispuestas a acariciar, una acción que resuelve el hambre material y espiritual de quienes no tienen nada, o sienten que nada merecen. Somos fruto del amor en el instante en que decidimos amar sea cual sea nuestra condición, nuestras circunstancias. 

A fuera, en la plaza, la música se oía fuerte, dentro del corazón la dulce frase: "somos fruto del amor". La muchedumbre camina. "Somos fruto del amor". El ladrón roba. "Somos fruto del amor". La prostituta se prostituye y otro compra cariño porque es miserable. "Somos fruto del amor". El niño se droga y se humilla por unas monedas. "Somos fruto del amor". La mujer y el hombre ancianos mendigan. "Somos fruto del amor". Y el turista y el hombre público derrochan. "Somos fruto del amor". Y el indiferente pasa de largo, a sabiendas de que a nadie le importa. "Somos fruto del amor". Y el demagogo sigue hablando de los pobres sin saber a que huele la pobreza y qué amargo es su sabor, porque conciente o inconscientemente la aborrece y la rechaza, porque es más fácil hablar que actuar. 

Tú mientras tanto, sigues siendo el hombre orquesta, que es tambor con tu tremenda barriga, violín con su barba, platillo sonoro con sus dos oídos. Que es gigante que apresa y transmite cariño con sus movimientos rudos y aparentemente torpes. Padre con sus hijos necesitados, amor vuelto ternura, corazón de Dios que es derroche de alegría.

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