Dialogar es amar

 

Pepe Segales Reyes Muñoz Reyes Muñoz 1er. Artículo Reyes Muñoz 2do. Artículo Reyes Muñoz 3er. Artículo Dialogar es amar Cuando el Chincha hablaba de Dios Su dolor era su dolor Cuando un hombre muere

 

"Somos frutos del amor", de un amor que forma parte del universo, que todo está en armonía, aunque nuestros ojos sólo vean división de clases, de hombres, de seres humanos que derrochan y otros muchos que no tienen ni lo indispensable. Armonía en medio de lo caótico, de lo descompuesto, aunque el caos sea parte de la tendencia natural de este hermoso universo que todos compartimos por herencia. Nosotros vemos la parte minúscula, porque no nos atrevemos o no sabemos o no queremos ver que la parte forma un todo. Se dice que el "efecto mariposa" consiste en detenernos a pensar que, hasta el más minúsculo de los aleteos de un ala de mariposa tiene algo que aportar al universo, con lo cual lo vuelve bello y más perfecto. Y que el más minúsculo de los dolores daña el corazón del creador. 

Estábamos reunidos en el Hogar Uno, del cual tengo entendido que cambiaba de lugar muchas veces, y que generalmente estaba donde el Chincha vivía (en el tiempo de su muerte estaba ubicado en río Churubusco, cerca de la calzada de Tlalpan, Ciudad de México D.F.), y que a la postre se convertiría en el COI (Centro de Orientación Infantil), que tenía por misión encausar a los niños al Hogar más adecuado a su perfil. Allí, a unas cuantas calles, se encuentra la alberca Olímpica en donde en un tiempo se entrenaba a deportistas de alto rendimiento, pero que actualmente se ha convertido en un nostálgico recuerdo de galardones no ganados por la negligencia, ignorancia y corrupción de los directivos del deporte mexicano.  

El Hogar Uno era el Hogar en donde se acogía a todos los niños y jóvenes que vivían en situación de calle, a todos los callejeros. Allí estaban puros drogadictos, de todas las edades: era dramático ver a infantes, niños de apenas 6 ó 7 años con la mirada perdida a causa de la droga, niños “adultos” con la infancia robada, niños heridos por el desamor, por el maltrato, el insulto, la indiferencia. Estaban todos los que realmente tenían serios problemas de adicción, de violencia, de agresión, de miedo, de rabia contenida. Este Hogar, no era lo que se dice un “hogar”. Eran cuatro paredes pintarragiadas con albures (palabras groseras, lenguaje soez, vulgar) y dibujos obscenos, con cristales rotos, puertas a punto de caerse, bancas de madera sin patas, vasos para tomar sucios, niños y jóvenes tirados en el suelo, subidos en una mesa vieja y roída, sentados en cualquier parte, tirados en un rincón con la mirada perdida en el más allá. El olor era de alcantarilla, de  coladera, de suburbio, de podredumbre, de suciedad, de orines. La mugre era parte del escenario, todo olía mal, y más allá de la pulcritud deseada, se podría afirmar que esa no era una casa donde se formaran niños, era una guarida de delincuentes, de limpia parabrisas, de asaltantes, de mendigos que piden en las esquinas, en los metros (medio de transporte popular en la Ciudad), en los autobuses; de vendedores ambulantes que anuncian sus productos en camiones, y que por la tarde se gastan lo poco que tienen en las drogas baratas que se ofrecen en las calles de la Ciudad; de niños y jóvenes que se mofan de las buenas costumbres, y que han aprendido a manipular el dolor, el hambre, el insulto, y las conciencias con sus caritas perdidas y maltrechas. 

Allí, en éste Hogar, una mujer noble servía cenas con ternura, recibiendo toda clase de insultos. Su postura amable la hacía ver grande aunque era diminuta de estatura y entrada en edad para esos menesteres. Los niños y jóvenes se abalanzaban en torno a ella, se empujaban, se mentaban la madre, querían pasar primero. Ella, propia y bella en sus acciones, servía la cena sin inmutarse, devolviendo a cada uno una sonrisa, una mirada. Yo me sume a ayudarle. Ella me dio las gracias. Y continuamos repartiendo platos a todos los que se acercaban con el temor de que ya no alcanzara y recibiéramos, sino una madriza (golpes), si una muy buena cantidad de ofensas. Aunque la fila era interminable, llegó a su fin y todos recibieron en sus platos algo que llevarse a la boca. 

Nadie esperaba que los muchachos recogieran su plato o vaso, o que fueran agradecidos. De hecho, platos y vasos quedaron esparcidos por todo el espacio. Hubo algunos que se formaron y ni siquiera probaron la comida, con el mayor gesto de las ingratitudes la dejaron, otros más jugaron con ella, y los más groseros, la tiraron. Platos por aquí, vasos por allá, suciedad y mugre, olor a droga, a thiner (adhesivo para pinturas), cemento y otras cosas más. Niños parados sobre la mesa, sobre los austeros muebles; niños gritándose toda clase de insultos. Griterío sin fin. Entre ellos la mujer amable, siempre sonriente. 

Cuando estás allí, realmente no te dan ganas de volver a venir otro día. Yo esperaba algo diferente, tenía la idea de que los Hogares del Chincha deberían ser algo místico, fuera de esta tierra, ¡porque él era místico! Pero no era así. ¡Era todo lo contrario! Todo tierra, todo humanidad caída, todo sufrimiento, todo dolor enmascarado, todo mentira revestida hipócritamente de fuerza y de valor, de grito desesperado. 

Y de repente, no se de dónde, salió el Chincha. De lo que recuerdo con memoria histórica es que ví volar un zapato agujerado que dio exactamente en su objetivo. Una pobre criatura cayó al suelo, el pobre niño drogado que reía, yacía ahora en el piso sobándose la cabeza. Todos los demás, rompieron en grandes carcajadas, no vi a nadie que se preocupara por levantar al desafortunado, más bien todos se agarraban el estómago de tanta risa. Voló otro zapato, y todos ya alertas, agacharon la cabeza. Éste segundo no topó con nadie. Todos lograron esquivarlo, pero aún así las carcajadas no dejaron de oírse. El Chincha gritaba: ¡denme mi zapato cabrones! Y al no encontrar eco, se quitó el cinturón y empezó a repartir cinturonazos por toda la habitación. Quien se quitaba, lograba salir libre del infame golpe, que iba cargado de energía. Quien no, se sobaba, se quejaba, se aguantaba las lágrimas para no parecer cobarde. Al Chincha poco le importaba si le pegaba o no a alguien, o al menos es era mi impresión. El repartía golpes al por mayor, yo junto con los chavos me di a la tarea de correr y encontrar el refugio más seguro. ¡Ya denle sus zapatos!, ¡no sean pendejos!, gritaban algunos. Pero ciertos chavos traviesos sólo los aventaban de un lugar a otro… 

Después del éxtasis él se sentó en el suelo, y en torno a él se agolparon todos. Se reunieron para escuchar. Y él les habló con voz suave y pausada, como sólo el sabía. Nadie decía nada, nadie lo interrumpía. Todos parecían quedar "drogados" con sus palabras. Su lenguaje era tierno, cálido, profundo. El sonido de su voz era ligero y claro. Repitió una y otra vez: "te amo", "como te amo". "No amo a nadie más que a ti", "tú eres el objeto y el sujeto de mi amor". "Tú". “Te amo” Y abrazaba a todos, y todos se dejaban abrazar por él. Entonces algunos de ellos, malagradecidos y ladrones, irrespetuosos y drogados, sucios y mugrientos, comenzaron a llorar. Lloraban amargamente, desde lo profundo de su corazón con el alma rota. No lloraron por los “golpes”, al fin y al cabo estaban acostumbrados a ser golpeados. Lloraron por las palabras dichas por el Chincha: “te amo”, con voz suave y tierna, con caricias y miradas profundas, con un gesto sincero de amor de quien contempla el corazón no la mugre que le acompaña. En cada “te amo” iba un destello de amor, de dulzura, de cariño, que comenzaba con el juego, pero terminaba en los brazos tiernos de un padre que sólo sabe decir: ¡“te amo”!  

Y aquellos niños hombres, con la infancia robada, se doblaron ante el amor, no resistieron, se quebraron, se rompieron por dentro. En sus mejillas se dibujaban los surcos de unas lágrimas que recorrían su rostro y que limpiaban su espíritu. El Chincha los abrazaba con una gran ternura que no necesitaba decir muchas palabras. Como por contagio, muchos más se sumaron al llanto de los que ya lloraban. Otros tantos sólo miraban, se aguantaban las ganas para no parecer cobardes, maricas (afeminados) dicen ellos, pero se notaba que reprimían un sentimiento por dentro. Nadie interrumpió, respetaron la expresión más sutil del amor, el silencio, los sollozos. Los que antes gritaban, ahora callaron. Hasta el alma más insensible sabe reconocer un acto humilde de bondad. 

Dialogar es amar”, dijo un día el Chincha, pero hay palabras que contienen un universo infinito de sentimientos y que mueven toda la existencia. ¡“Como los amo cabrones”!, oí en esa noche, y vi que el amor es expresión acompañada de gestos de cariño, de acciones, de risas, de juego, de llanto, de vida sentada en el suelo, confundida entre las caritas sucias y corazones limpios que se sienten amados, queridos. 

Poco o mucho cambio en esa noche, no lo sé, nunca lo supe, no me intereso saber. Yo aprendí el valor de la palabra amor a través del diálogo acompañado de un gesto, de un acto. Dentro del chavo de la calle hay un niño con la infancia robada por el desamor, que necesita dialogar para sentirse amado. 

Reyes Muñoz Tónix. SchP.

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