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Hogares Calasanz

Educación alternativa con los niños de la calle

Provincia Escolapia de México

mayo - junio de 2003

No. 14  Año 3

Cuadro de texto: www.calasanz.org.mx
Cuadro de texto: informacion@calasanz.org.mx

 

 

 

 

   

Gracias a la buena voluntad de muchas personas que no ayudaron pudimos realizar nuestro campamento de los Hogares Calasanz. Fue una buena experiencia, llena de juegos, diversiones y convivencias, pero también una gran oportunidad para aprender que las cosas salen mejor si estamos unidos, que podemos lograr muchas cosas más si nos ayudamos entre todos. En fin, nos dimos cuenta que la familia de los Hogares Calasanz es mucho más grande de lo que nos imaginábamos. ¡Qué agradable es ver a todos los hermanos conviviendo juntos!

 

Hoy nuestra revista cuenta con dos reflexiones muy profundas: la primera es el texto de una plática del tío Reyes, director del Hogar del D. F., dirigida a los tíos en un retiro que les impartió, la segunda es un regalo de Oscar García de los Hogares Calasanz de Costa Rica. Disfruten ambas reflexiones, las noticias y una pequeña selección de fotos del campamento.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

Donde está tu corazón está tu tesoro

Reyes Muñoz Tónix, Sch. P.

 

 

“Era un mendigo que derrochaba...”

 

 

            Esta expresión la encontré en un escrito de Leopoldo Zea en torno a la muerte del Chincha. En ella el escritor expresa la peculiar manera de vivir la fe del hombre que hoy, de alguna manera u otra manera, nos tiene congregados. Decía que era un hombre que vivía externamente lo que vivía interiormente. Su espiritualidad era el reflejo de su vida interior, de la paz y la alegría que sólo podía encontrar en la quietud de su alma, de las horas de plenitud que gastaba en hablar con Dios a su manera... Era un mendigo que derrochaba, derrochaba sí, de un modo tal que el hacedor del cielo, el Dios que le inspiraba se mostraba vivo en cada una de sus acciones y locuras, como aquella en la que solía llegar en día de reyes con todos los regalos que le pedían, sin importar el costo o la deuda contraída. Su Dios tenía rostro, y era un rostro concreto, no de libro, era el rostro de sus hijos, el de sus pobres de la calle... En ellos, toda una vida se volvió alabanza, y todo encuentro abrazo eterno, de Padre e hijo, de hijo y Padre.

 

            Hablar de hogares y del trabajo que cada uno de ustedes realiza es hablar en lo fundamental del Dios personal y común que experimentamos en sus hijos, en sus niños y sus jóvenes de la calle; en sus miserias y alegrías, en el conflicto existencial del drama humano, que huele a mugre y se encuentra enegrecido de pies y manos; que es rebelde, grita y llora sin sentido, que pide lo que no tuvo y exige lo que probablemente no llegue a tener; que viene y va y no se detiene, que inhala y recae cuando parecía que todo marchaba bien; que come a todas horas y a todas dice tener hambre; que crece y crece aparentemente sin un punto fijo; que mira sin mirar, y oye sin oír a nadie, porque nadie son muchos indiferentes que no aman, que no quieren, sólo existen, sólo miran u ofenden sin meter las manos. Este era el rostro auténtico de su Dios, el del vendido y ultrajado; el Cristo hecho hombre, esclavizado, encarcelado y torturado en cada misterio niño; el Dios crucificado y victorioso, el que vive en la calle, el que sufre de soledad, el que no sabe por qué le tocó tal suerte, el que duerme tarde porque tiene miedo, el que no ve la noche sino como oscuridad  espacio vacío que hay que llenar con descontento, con música y ruido, porque hasta el silencio ofende cuando reclama el recuerdo del pasado, la historia que lastima y hace correr las lágrimas de angustia y desesperación por lo incomprensible, por las llagas del dolor que aún no sanan. El que se queja sin que te diga, el que pega porque odia con furia y desenfreno, y está cargado de resentimiento; el que te abraza fuerte porque tiene miedo a perder de nuevo, porque la “vida” siempre le ha quitado; el que juega escondido porque ahora tiene trece o catorce y alguien le robó la infancia antes de tiempo... Este es el rostro de nuestro Cristo, de su Cristo. Es a él a quien nos brindamos cuando damos, a quien vemos cuando miramos hacia dentro del otro y de nosotros mismos; es el rostro de la gloria sin triunfalismos, del rey en un pesebre, sin trono, sin corona; de Dios hecho Hijo por amor al hijo; del Dios que un día exclamó que no hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos.

            Cielo y suelo se confunden y se entremezclan en Hogares, y nosotros somos partícipes de sus luces y sus sombras, de los límites y los anhelos. Cada día es, en Hogares, un lugar para la trascendencia, una eternidad “hecha” tiempo, juego y fiesta. En ella la mujer y el hombre, el tío y la tía se dan y brindan, se entregan. Pasión e ilusión, incertidumbre y esperanza, anhelo y desencanto, risa y llanto, oportunidad y limitación se entretejen junto al cielo de Dios, junto al Cristo con el rostro perdido, con el futuro que se va haciendo lentamente en cada suspiro de niño, de hombre en proyecto. Cielo y suelo con sabor a tierra, a trabajo que siembra y que mañana cosecha, aunque la mano del cegador no sea la misma. Mujer y hombre, tía y tío que vacila y se mantiene firme, al mismo tiempo que duda y acierta, que reproduce la historia con un poquito de amor, con un poquito de cariño que nace de dentro, de lo profundo, de lo íntimo. Cielo de Dios en medio de otro cielo, nuestro propio cielo inmerso en nuestro corazón y en nuestros sueños; tierra que hace germinar la semilla, manos que participan de la creación en el hombre niño que duerme después de haber jugado, gritado maltratado, ofendido, humillado, etc. Limitación de tío y tía que se ve desvanecida cuando ve entregar al hijo en las manos del Padre, del hijo que después de tanta rebeldía duerme cansado al amparo de unas manos, tus manos que lo cuidan y que Dios se las ha mandado para que ya no tengan frío, para que ya no pase hambre en la calle, para que ya no sea ofendido, torturado y lastimado... Tus manos de mujer y hombre, de tía y tío, que cubren la frágil presencia de Cristo en el pesebre, en la humildad de cada hijo.

 

            Era un mendigo que derrochaba y lucía cansado, pero transmitía siempre alegría; reflejaba apuro, pero transmitía siempre paz en medio de la prisa, Era un mendigo, ¡sí!, un necesitado como cada uno de nuestros hijos; un necesitado que clamaba ¡Padre! cuando se sentía solo, cuando parecía que todos lo abandonaban. Y en su clamor encontraba la riqueza que derrochaba, la riqueza espiritual que salva al pobre, al marginado y al necesitado. Era un mendigo, tía y tío, que buscaba entre los escombros de la humanidad la perla preciosa, entre la basura al hombre, entre la suciedad a los impíos de corazón, Su apariencia no era grata, se diría que era grotesca, como el de tantos hombres a pie que buscan al hombre entre adornos. Era un mendigo que moría de amor y por amor moría cada día. Su mendicidad no perseguía el triunfalismo o el aplauso, el reconocimiento. El valor de su mendicidad sólo radicaba en cada uno de los que rescataba, en cada uno que era capaz de dejar el “chemo” y la “calle”, en cada uno de sus hijos que sabían reconocer la dignidad que llevaban por dentro y que les permitía vivir la libertad de los hijos de Dios; en cada uno que cambiaba la “mentada de madre” por un te quiero, y la rebeldía con bandera equivocada por una revolución de la persona con causa suprema.

 

            Por eso era rico, porque acumulaba en su corazón un tesoro tan precioso con rostro de niño callejero y trapos sucios como vestido. Por eso derrochaba, porque era rico, y la riqueza que compartía conducía a la libertad plena, a aquella que conduce a la completa alegría porque no ata a nada, ni tiene miedo a que alguien pueda robarla, a la que permite vivir en medio de los niños una gracia, un cielo entre la tierra, a un encuentro con Cristo crucificado en cada pobre, en cada niño, en cada hermano. Por eso afirmaba: el Dios personal se encuentra en el otro. Cuando los ojos de tu alma vean en el otro una persona con la misma dignidad y gracia que tú; cuando entendamos que el dolor de los pobres, el dolor de Dios y el nuestro son en esencia la misma cosa, único e indivisible sabremos quién es y dónde está Dios; entonces podremos vivir en espíritu y verdad.

            Querido tío y tía, si algún día te encuentras con el Cristo del Chincha, ten el mismo gesto: inclínate ante él, pídele su bendición, que te lave os pies, y que te dé el agua que da la vida, Abandónate al cielo que Dios ha puesto entre tus manos, ¡¡sí!!, tus manos y pies cansados, y goza la presencia de su Hijo en medio de tu vida. Y se sientes que no puedes, si de lo profundo de tu corazón sólo sale desconcierto, si no sabes qué hacer, clama al Padre, grítale fuerte, como el Chincha, que siempre le decía: “son tus hijos, soy tu hijo, ÁMANOS”.

 

            “Su herencia es un fuego vivo que nos obliga, no sólo al trabajo, sino a la fidelidad espiritual, para poder mirar, hablar, acercarnos y elevar al niño callejero como él lo hizo en Cristo, por Cristo y para Cristo”

 

 

 

 

Los marginales, preferidos por Jesús

Oscar García

 

No puedo dejar de preguntarme: ¿Qué se sentirá ser rechazado por todos?, ¿Qué se sentirá encontrarse tirado en la fría acera extendiendo la mano mientras los demás pasan de largo?, ¿Qué sabor tiene la experiencia de estar sucio, maloliente y saber que repugnas al otro?. En realidad no es tan fácil saber qué es esto. El corazón me lleva a recordar la clase de cristología sobre los milagros de Jesús. Los leprosos de la época (por dar un ejemplo) para muchos enfermedad y pecado. El contacto humano con ellos ensuciaba, deshumanizaba, o en otras palabras: te hacia impuro en el cumplimiento de la ley. Jesús busca el sentido de la pureza del hombre, ese sentido que parte y crece en el contacto humano. ¿Qué más milagro que la misma humanización del hombre?

 

Pero vamos a conocer algunas de las historias de aquellos que están acostumbrados a saberlo, a vivirlo. Ramky, alias orejita ya que tiene la oreja izquierda cortada, tiene 15 años de edad y 4 años en la calle. Misael, tiene 12 años come poco y se droga mucho, camina titubeando. Jhonatan tiene doce años, su familia vive en Maracay y tiene tres meses en la calle, ya se droga. Ramón, 17 años y 6 años en la calle, tiene el cuerpo lleno de cicatrices. Marcos, 19 años, tres operaciones en el estomago, fue agredido con un punzón, tiene el cuerpo lleno de cicatrices, desde los trece en la calle. Sabrina, tiene 16 años, según ella no ha tenido hijos, desde los 13 en la calle.

 

También está Kender de quien hablaré más a profundidad. Es un muchacho de 14 años, tiene 5 años en la calle. Su madre lo dejó con su padre, este tiene nuevamente mujer, ella tiene dos hijas de otro esposo. Kender con nueve años se mete en problemas de drogas en medio de su barrio, se hace peligroso para las niñas y es botado. La primera vez que me encontré con él, mientras comíamos unas empanadas, en medio de la calle transitada, con su sonrisa trasnochada y drogada, me dijo: “¿Eres cristiano, crees en Dios?. Dios te dará el doble de lo que me estás dando. Gracias por parar, todos siguen de largo”. Qué puedo decir, que Dios me deja perplejo. Debajo de unos trapos sucios, de un cuerpo hediondo y desnutrido, la dignidad humana no estaba muerta, la gracia de Dios estaba más que nunca presente. No fue necesario que yo nombrara a quien había permitido ese encuentro, sus pobres le llevan en las entrañas. Esta frase llena de pureza me recuerda a Jon Sobrino, en uno de sus tantos textos, cuando hablaba del Magisterio de los pobres. La gran enseñanza de los preferidos por Dios, aquellos que creen aún sin tener a nada ni a nadie. Por algo son el lugar teológico (los sujetos teológicos), el lugar donde se descubre cómo Dios muere y resucita, el lugar donde se descubre a Jesús desnudo, crucificado lleno de llagas, el lugar donde nos desnudamos ante el siervo sufriente, el lugar donde nos encontramos con la necesidad, la debilidad, la marginalidad (esta frase me recuerda al título del libro de Meier, estudiado en clases: “Un judío marginal”), el lugar o los sujetos (los preferidos de Dios) que nos salvan a los hombres de la abundancia y de la satisfacción. 

 

Y me preguntaba, ¿por qué cristiano y no otra cosa? ¿Cómo creer en Dios cuando nadie me ama, cuando no tengo nada ni a nadie?, ¿Cómo experimentar a la primera que Dios es quien recompensa a los que ayudan?, ¿Qué significaba el doble de lo que me estás dando, sólo eran dos empanadas y un jugo de naranja?, o ¿acaso era más que eso?. Lo más fuerte, su última frase: Gracias por parar, todos siguen de largo, y más escandaloso aún, su mirada envuelta en tristeza. ¿Qué implica: parar y no seguir de largo; acaso es un momento, un diálogo impersonal entre quien da y quien recibe?. Esta frase fue la que me dio más miedo, sentí un escalofrió. Mientras estábamos sentados en la acera, después de está frase, experimenté el silencio insondable, el dolor y la esperanza de otro. Me encontré necesitado, débil, sin saber qué hacer o decir. Recordé las palabras de Jon Sobrino: “Hoy más que nunca hay que bajar a los crucificados de sus cruces”. Pero descubrí que ellos son los que permiten que nosotros nos descubramos en nuestra cruz (o en su cruz), es decir, que ellos cargan con nosotros y nosotros con ellos. Bajar de la cruz implica llevarlos a la posada más cercana (nosotros mismos), limpiar sus llagas sanarlos y dejarnos sanar. No podemos permitir que mueran, Dios no lo quiere. Cargar con la cruz y bajar de la cruz (resucitar)  debe ser la vida de todo cristiano porque los crucificados son el sacramento de nuestra salvación. Por todo esto, esta frase de Kender, emitida por un simple marginal (sin-poder), un repudiado por sus ropas, una estadística para los poderosos del mundo, es la encarnación de Dios en medio de la historia, de nuestra historia.

 

Cuando nos encontramos con el crucificado, su atracción nos debe llevar a vivir desde la esperanza en la resurrección. Esperanza que parte de la primeras dos preguntas: ¿Eres cristiano, crees en Dios?, es decir, de la fe. También de la confianza plena en Dios sabiendo que él está con nosotros, que él está ayudando a aquellos que hacen algo por los más necesitados. La frase: te dará el doble de lo que me estás dando, implica la presencia de Dios en medio del encuentro, en medio de esa obra salvadora. Nos enseña que desde Dios todos podemos transformar este mundo como lo hizo Jesús. Esperanza necesaria para parar y no seguir de largo así como lo hizo Jesús. Parar implica desgastarse, entregarse, reconocerse marginal (sin poder en un mundo lleno de poder) y resucitar gracias al amor bondadoso de Dios.

NOTICIAS

Puebla

Durante este verano recibiremos el apoyo de tres Prenovicios escolapios de Miami que estarán con nosotros desde principios de julio.

 

Hemos terminado satisfactoriamente este curso escolar, agradecemos a los maestros y directores de las escuelas por habernos dado su apoyo.

 

Ponemos a su disposición os teléfonos de nuestras oficinas para cualquier asunto que deseen tratar: 01 222 294-18-56 y 294-18-70.

 

 

Tlalpan

Los alumnos de tercero de secundaria del Cortés nos han organizado una fiesta con piñatas, regalos y tacos.

 

El P. Reyes dirigió un retiro durante la última semana de junio para los tíos de los Hogares Providencia.

 

Felicidades a los chicos que han estrenado camas. Esperamos que ya nadie se caiga de las literas.

 

Hemos tenido una fiesta para despedir a Fernando que reintegrará con su familia. Le deseamos que todo salga bien y lo invitamos a que nos visite pronto.

 

Veracruz

Deseamos una pronta recuperación a Luis Alberto, Toño y Rafa que han estado enfermos.

 

Queremos expresar nuestro agradecimiento a los padres José Margalef, Luis Felipe, Marco y Natalio por la ayuda constante que nos dan.

 

Los alumnos del colegio Duque de Estrada nos han organizado unas convivencias que hemos disfrutado mucho.

 

Después de un viaje muy largo asistimos todos a la peregrinación anual de los escolapios a la Basílica de Guadalupe, posteriormente nos fuimos al campamento de Hogares Calasanz.

 

También agradecemos al P. Fidel Unanua por el apoyo que nos dio para participar y colaborar en el campamento.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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