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El último número del sexto año del órgano informativo de los Hogares Calasanz llega a tus manos después de tiempos de esperanza, tiempos de dolor y tiempos de la reflexión profunda que nos causan los momentos impredecibles que, no sin más de una pregunta, nos recuerdan la fragilidad humana.

     En un abrir y cerrar de ojos los destinos cambian. Tal vez de un modo inevitable porque no somos capaces de tenerlo todo controlado.

     Son los momentos en que más sensibles se ponen nuestros corazones ante tantas personas de  grandes compromisos y buenas intenciones que no dejan de ofrecer su mano solidaria.

     Muchas gracias por no dejar de pensar en los más pequeños…. en Luis Ángel.

     Y, por supuesto, gracias a la comunidad del Prenoviciado. 

Hogares Calasanz

 

La misión 2007

Por alcornoque de cabeza

 No lo entiendo tío. No entiendo cómo esta gente puede ser feliz con tanta pobreza.  Si no tiene nada, a veces ni para comer. Tú tampoco. Le respondo. Lo sé tío, pero ellos, tienen algo, no sé qué, pero los hace felices, me recibieron muy bien, me dieron todo, hasta lo que no tienen, y tal vez ni tendrán. ¿Es posible la felicidad como ellos la viven? ¿crees que algún día la pueda vivir yo? 

¿Por qué no eres feliz? Le pregunto. No sé, tal vez porque a nadie le importo, pero, esa gente, me recibió bien chido, como si ya me conocieran y tantito más, como si me quisieran, es más, la neta creo que me quieren. No, no lo creo, me quieren tío, ellos me lo dijeron. Créelo, ¿por qué no lo vas a creer? 

Silencio 

Quiero regresar allá tío. Silencio de nuevo. Creo que debes regresar. Esa gente ha descubierto algo en ti que pocos lo saben hacer. Su miseria no es miseria verdadera y su alegría sí es verdadera alegría. ¿Con qué jugaban los niños en la misión?  Con un tronco tío, no manches yo me quedé impactado, con un tronco… yo me aburro con el Nintendo de la casa. Eso es por qué ellos no ven el tronco, ven el caballo, al barco, al castillo, a  las momias, el tren, el alebrije sin nombre, todo eso en el tronco, cada niño ve algo que el otro no ve, y juega, y ríe, y piensa que su juguete es el mejor del mundo y ninguno en el mundo puede ser mejor que el suyo. Eso hacías antes, sólo que ya no recuerdas. 

Sí lo recuerdo, sólo que no quiero,  porque en cada basurero encontraba figuras diferentes, ya botes, ya cajas, llantas, sillas, de todo, y en cada uno intentaba ver que era el único que poseía el invento mágico de mi mente, estaba loco tío, loco, luego veía naves, coches, bombas y casas imaginarias, pero luego fue todo diferente, ya no veía el carro sino la llanta vieja que apestaba, ya no la nave sino el montón de escombros lleno de ratas, algo había cambiado, la vida se me hacía más perra, cada día más, mi hermanito chillaba por la comida y yo ni tenía dulces para darle. Entonces encontramos los monos (droga) y nos ayudaron, neta tío, nos hacían olvidar el olvido de la gente, de los jefes, de la calle… 

Sabes tío, creo que ya sé por qué la gente de la misión es feliz. Es sólo que… se importan el uno al otro, ¿yo a quién le importo tío? ¿a ti?

 

Los más pequeños, Experiencia de amor

Abril 30 de 2007. 

Queridos niños:

Hoy es un día muy hermoso, es el día que nuestra sociedad ha dedicado el día del niño, en el cual me dirijo a ustedes para expresarles mi más grandes agradecimientos por el amor que me han permitido experimentar en ustedes y sobre todo para compartirles las grandes cosas que me han permitido descubrir a través de su inocencia, de esos rostros tristes, maltratados por aquéllos que no han podido encontrar en ustedes la bella experiencia de Dios vivificado, por haber puesto y poner cada día más un granito de arena que fortalece el cimiento de mi vocación y ante todo por ser mis niños.

Hace no mucho tiempo, estando reflexionando en mi habitación, me preguntaba: ¿cómo he podido llegar hasta dónde hoy estoy? y mi respuesta fue con la ayuda de Dios, y sí, así es, pero ¿cómo es esta ayuda? y mis conclusiones fueron las siguientes: a Dios lo he experimentado en todos los pequeños presentes en mi vida. Los primeros que puso en mi camino son ustedes niños de hogares Calasanz; el llamado que me hizo Dios fue a través de ustedes mis pequeños, ustedes despertaron en mí una vocación aún no explotada por mis capacidades, pero presente en mi persona y sobre todo en mi corazón. Ustedes me dieron la fortaleza durante los momentos de debilidad y desánimo en la Escuela Pía, ustedes mis amigos, mis pequeños Cristos (como decía “el Chincha”). Gracias, de verdad gracias por esas pláticas de tanta confianza conmigo, por esas lágrimas que me regalaron, por abrir su corazón, por compartir conmigo su techo, gracias por todo lo que me han dado. 

 Aprovecho para dirigirme muy especialmente a ti: Luis Ángel, nuevamente vienen a mí los recuerdos; aquella vez que te conocí, escuché tu voz, te estabas bañando, pedías una toalla a gritos para secar tu pequeño cuerpecito, el pequeño reposo de Dios. Cómo olvidar aquél día de muertos, en que visitamos el panteón, el temblar de tus extremidades al pisar el suelo del cementerio. Cómo olvidar tus gritos y las muchas majaderías que pronunciabas. Cómo olvidar tu recalcado acento defeño. Aún más, como olvidar aquellas noches en las que más era el tiempo que tardaba para llevarte a dormir que en que te levantaras y molestaras a Javier, o en que llegaba a ti el miedo de dormir solo, de la oscuridad de la noche, y bajarte de la litera para dormir con Héctor (tu hermanito). Cómo olvidar el trabajo que costaba para que te bañaras e ir a la escuela, pero después de ese trabajo, como olvidar el dolor que experimenté al dejarte y al dejar a cualquiera de ustedes atrás de esas rejas, de esas puertas metálicas que impiden verles. Y sabes, la experiencia menos inolvidable es haberte tenido en mi tierra, en medio de mi familia de sangre, el haberme permitido Dios tener nuevamente reunidas a mis dos familias, mis padres y hermanos y ustedes mi familia de hogares. Recuerdo la desesperación que sentí al saber que habías subido con otros niños del hogar a alcanzarme cuando subía la Malinche, los terribles pensamientos que venían a mi mente al imaginar las muchas cosas que te podían pasar allí arriba, solo e indefenso. Sin embargo, tenía puesta mi confianza en Dios en que regresarías con bien, y así fue, llegaste sano y salvo y por lo visto con bastante hambre. Cómo olvidar la última vez que te vi de pie subiéndote a ese autobús que te regresaría de Tlaxcala para tu hogar, para el D.F. Cómo olvidar esos gritos de desesperación pidiendo que te dejaran pasar para sentarte en el lugar mejor elegido por ti en aquel vehículo. Esa fue la última vez que te vi completo y te escuche feliz. 

Recuerdos, benditos recuerdos. Ahora me remonto al 14 de Enero de 2007. Cómo olvidar ese día, cómo dejarlo que se pierda en la historia, si al verte regresa a mi memoria ese desafortunado día para ti y para todos los que te queremos, aquel que te arrebató tú niñez, tu inocencia, que llenó de dolor tu cuerpo, que marginó tu alma de sufrimiento. Cómo dejar en el pasado aquellos toquidos desesperados de Omar y Jorge Alan buscando a Reyes, pidiendo un poco de auxilio ante el miedo que turbaba su alma al verte tirado en la calle, inconsciente, al observar como te ibas perdiendo en el dolor de aquel golpe que te ocasionó la caída de la bicicleta, tu bicicleta del 6 de Enero, del día de Reyes. Cómo olvidar la forma desesperada del hermano Gerardo (mi formador), al llegar de la calle y haberte visto dentro de aquel carro, la ambulancia, que nunca pensé que sería utilizado por ti, mi pequeño angelito. Cómo olvidar los momentos de angustia sin saber nada de ti, de tu estado de salud. Cómo olvidar la impotencia que me atrapó al regresar Gerardo del hospital y comunicarnos el grave estado de salud en el que te encontrabas. Cómo olvidar esa primera noche que pasaste en el Instituto Nacional de Pediatría (IPN), conectado a un sin fin de aparatos, luchando por la vida y viendo como se te iba arrebatando poco a poco de tus manos. Al ver que moviste la manita a pesar de lo inconsciente de tu cuerpo. Al sentir el dolor más fuerte escuchando lo que una de las muchas enfermeras me decía sobre tu salud. Al saber que lo único que te salvaría sería un milagro. Pero mis esperanzas aún eran grandes y ambiciosas. Confiaba en ti y no me equivoqué. 

Mi querido Luis, hoy te veo acostado, indefenso y con un gran afán de vivir. Es increíble la forma tan acelerada en la que vas mejorando, sabes, me doy cuenta de tu fortaleza, de que el milagro que necesitabas para salvarte ocurrió y sobre todo, de que ese milagro que Dios te concedió es el milagro del amor de toda la gente que ha estado a tu lado en tu recuperación. 

   Querido Luis Ángel, te doy las gracias por haber dejado en mi corazón tantos momentos inolvidables, agradables y desagradables, pero sobre todo, gracias por esa fortaleza de amarrarte a la vida y no dejarte caer, gracias por enseñarme que la mejor forma de salir adelante es amando y dejándose amar, gracias por demostrarme que no hay problema tan difícil que consuma la vida, ni tan sencillo que no la toque. 

Cristian Gabriel Gutiérrez Sánchez.

Prenovicio escolapio

 

     Carta Nº 260                                                                             22 de abril de 2007.

    Queridos todos:

Precipitadamente tuve que viajar a Barcelona a mediados del mes de marzo para visitar a mi hermano Juan que se enfermó gravemente. Pude estar con él 15 días y a los pocos días de regresarme a México, Dios tuvo a bien llamarlo junto a sí. Mi hermano murió el mismo día de Pascua, el día que Jesús pasó de muerte a Vida. Él, también, al morir alcanzó la plenitud de la vida. 
 
Es curioso pero la mayoría de la gente que conozco cuando la muerte se cruza por sus vidas se ponen a pensar en cómo debe uno vivir para estar siempre a punto de dar este gran paso hacia la Vida Plena.
 
Pero yo creo que no hay que estar esperando a toparse con la muerte de alguien para ponerse a pensar cómo debe uno vivir para disfrutar el regalo grandotote de la vida que Dios nos ha dado y vivirla con provecho para uno mismo y para alegrar a los demás.

     Hace poco me enviaron por email estas:

Instrucciones para vivir 

Un día le pedí a Dios instrucciones para vivir en esta tierra...

Dios acercó su voz a mi oído y me dijo: 

Sé como el sol: Levántate temprano y no te acuestes tarde.

Sé como la luna: Brilla en la oscuridad, pero sométete a la luz mayor.

Sé como los pájaros: Come, canta, bebe y vuela.

Sé como las flores: Enamoradas del sol, pero fieles a sus raíces.

Sé como el buen perro: Obediente, pero nada más a su Señor.

Sé como la fruta: Bella por fuera, saludable por dentro.

Sé como el día: Que llega y se retira sin alardes.

Sé como el oasis: Da tu agua al sediento.

Sé como la luciérnaga: Aunque pequeña, emite su propia luz.

Sé como el agua: Buena y transparente.

Sé como el río: Siempre hacia adelante.

Y por sobre todas las cosas, sé como el cielo: La morada de Dios. 

Señor, no permitas que me quede donde estoy. Ayúdame a llegar a donde tú quieres

Y creo, mis hijos, que así es como hay que tratar de vivir siempre: con la debida constancia en las obras emprendidas, con la libertad de los pájaros y la fidelidad del buen perro, con la preocupación de cómo voy a ser útil a los demás y cómo puedo ayudarlos, de ir siempre hacia delante, y no olvidar jamás de que Dios vive en mi corazón y, por tanto, no estoy sólo en el camino de la vida hacia la Vida. 

Un abrazo a todos, 

                                                                                        Josep Margalef Isern, Sch.P.

E-mail: padremargalef@tutopia.com

 

 

 

 

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