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El perdón y la compasión

 Tenía las manos sucias, con mugre de días. La tierra y la grasa se habían metido hasta las uñas, hasta parecía que se había impregnado a la piel de las manos y había nacido con ella. Tomamos jabón, y comenzamos a lavarlas. Poco a poco, el blanco de la espuma se fue metamorfoseando a color gris y negro intenso; el agua corría surcando los frágiles dedos de las manos y las coyunturas que los unen. Lentamente el agua fue adquiriendo su tonalidad transparente, y tras ella, una piel limpia daba paso, no así las uñas que todavía seguían negrecidas en algunas de sus partes. El perfume del jabón se confundía con el olor de la suciedad. La pobreza tiene olor y es muy característico: huele a ‘desagradable’.

“Mire”, exclamó: “¡tengo las manos limpias!” Sus ojos se clavaron en sus manos. Por fin podía ver sus manos tal y como eran. Por extraño que parezca, se pasó largo rato viendo sus manos. Miraba sus palmas al derecho y al revés. Estaban limpias y olían diferente. Reparo en las uñas, y se talló con las puntas de los dedos una y otra vez, para ver si desaparecía ese color negruzco. Su rostro expresaba esfuerzo. Volvió a echarse agua, tomó nuevamente el jabón, y se estrujó las uñas y los dedos. Pero no consiguió mucho, seguían –aunque en menor medida- todavía sucias. “Es cuestión de tiempo”, le dije, “y de cortarse las uñas. Si sigues haciendo eso sólo te vas a lastimar”. Y me miro extrañado.

“¡Quiero lavarme el cuerpo!” “¡Quiero estar limpio no sólo de las manos!” Exclamó. Entonces, pedía ropa limpia, prendimos el calentador, lo conduje hasta la regadera. Le di una pastilla de jabón nueva, que destapó y olió cerrando los ojos. Observó la ropa limpia, que en nada se parecía a la rota y mugrienta que traía puesta. Y se dispuso a tomar un baño. De la ventanilla de la regadera salía el vapor y el sonido del agua que salía a chorros y chocaba contra el suelo, acompañado del compás de una melodía que se tarareaba sin un ritmo armónico, pero que expresaba un diáfano y tierno sentimiento. Quise saber de qué melodía se trataba, pero no conseguí ubicarla en mi recuerdo.

Tardó mucho en salir… Y lo que salió del cuarto de baño era una persona diferente, no un andrajoso que había entrado hace minutos. Tiramos las ropas sucias que traía de muchos días. En su rostro se dibujó una gran sonrisa; reía al verse, al ver cómo lo veían los otros, adquirió seguridad en sí mismo. Se sentía persona. Yo admiré y adulé el cambio. ‘¡Qué bien te ves!’, le dije. ‘Mira cómo has cambiado’, ‘así deberías estar’ siempre. Y los dos irrumpimos en una gran carcajada.

Él se seguía mirando, hasta que de pronto guardó silencio, clavó la mirada en no sé dónde; la sonrisa se borró de su rostro; en sus ojos empezó a aparecer un hilo delgado de agua y sal hasta convertirse en una lágrima grande y redonda, cristalina y limpia, pura. Apretaba en el pecho la ropa que llevaba puesta, la presionaba con fuerza. “¿Qué tienes?”, pregunté. A lo que él respondió con voz firme: “¿cómo se limpia el alma?”

El agua y el jabón quitan la mugre, una ropa limpia puede suplir a otra andrajosa y sucia, una ducha puede metamorfosear a una persona, pero ‘¿cómo se limpia el alma?’ El dolor y el sufrimiento, así como las heridas del alma también tienen olor y se pueden ver. Basta observar a una persona dolida por una pena para concluir que se encuentra mal espiritualmente, aunque por fuera vista estrafalariamente. Hay padecimientos tan actuales, llamados enfermedades del alma, que aquejan a tantos hombres, para quienes no hay jabón ni ropas limpias que puedan aliviar su pena. Son dolores que nadie puede entender porque son experiencias únicas e irrepetibles. Dos personas no pueden sentir lo mismo por mucho que se esfuercen, por eso es que los consejos no siempre tienen el efecto deseado, porque parten de realidades diferentes.

Ante eventos como la muerte, la separación de la pareja, el distanciamiento de los hijos, los horrores y errores cometidos, las pérdidas, las caídas, los desastres naturales o provocados, los enojos y las molestias provocadas por odios y venganzas, los padecimientos, las enfermedades,…, todos solemos expresar palabras de aliento a las víctimas y a los sufrientes, pero no todas ellas llegan a aliviar, ni mucho menos, explicar el por qué de las cosas. En el oficio de vivir no es que no haya respuestas para tal o cual circunstancia, sino que hay preguntas mal hechas. La planta que hoy es un día no será. Sólo el hombre está tensionado por su futuro, razón por la cual deja escapar el presente.

¿Cómo se limpian las heridas del alma? Resonó esta pregunta en mi pensamiento. Si tan sólo el alma pudiera darse una ‘ducha’ y quedar limpia, renovada, habría menos hombres infelices. Si con una gran estrujada, con un dolor provocado hasta el extremo, una tallada fuerte acorde a la magnitud de nuestros ‘errores’, el alma pudiera quedar limpia, habría menos hombres tristes. Si con más heridas una herida sanara, valdría la pena herirse y lastimarse todo el tiempo. Lo cierto es que quién se lastima por una acción cometida repetidas veces, vive un sufrimiento prolongado e inútil, y cae en el juego sutil de la soberbia, pues no cambia ni transforma nada. También de dolor se muere cuando curarse no se quiere. Si la humillación fuera la clave del arrepentimiento, al humillarnos deberíamos tener la sensación de quedar satisfechos. Pero, la verdad, es que no es así. No hay persona alguna que cambie hundiéndose.

Para sanar el alma de cualquier herida hay que experimentar el perdón. Pocos hombres se saben perdonar, muchos sólo saben reclamar y reprochar. Y por triste que suene la afirmación, hay quienes pasan por esta tierra sólo reclamándose. El mejor regalo que un hombre puede hacerse asimismo es el perdón. Éste no incluye el olvido. La vida es un cúmulo de sucesos concatenados, unidos, que no se pueden borrar por arte de magia. El perdón no debe olvidar el daño causado, pero tampoco puede conducir necesariamente a un trauma. El perdón debe conducir a la reintegración de la persona, para que a partir de ella, se pueda enmendar la deuda, el daño, la ofensa; ninguna ofensa queda saldada hasta que no se paga la deuda. Es verdad que en la vida no todas las cosas se pueden cambiar o rehacer o saldar al cien por ciento, pues hay daños irreparables, que por naturaleza, no pueden ser saldados, por la simple razón de qué somos hombres no dioses. El perdón entonces debe experimentarse con humildad y con verdad, no con autoengaños o instintos de superioridad. Otorgar el perdón implica ir curando poco a poco las heridas, limpiar el alma.

Hay muchas personas que piensan que la enmienda de un error tiene que ver con la humillación, con hacer más grandes las heridas. Así como también, hay otras personas, que se regodean en lastimar a otras, aprovechándose de sus dolores y sus vergüenzas. Ni unas ni otras serán capaces de experimentar el perdón. Para perdonar hay que saber amar. A este respecto, podría afirmar que de amor poco sabemos. En nuestras personas el amor está supeditado al interés. Por eso el perdón auténtico no es real si lo que se busca es el interés. El perdón que no se da de corazón no es perdón. El que ofende, busca argumentos que sostengan sus ofensas; el ofendido, busca la revancha; el ofensor quiere pagar sus culpas con reproches o con bienes que alivien su culpa (en este tiempo dinero);
el ofendido está ansioso de venganza y también de compensaciones; el que ofende recrimina todo el tiempo; el ofendido pisotea la herida hasta verla otra vez ensangrentada; el que ofende quisiera borrar partes de su pasado, las que lo horrorizan, lo asustan; el ofendido se regodea en los dolores provocados porque de ellos saca partido. Tanto unos como otros están lejos del perdón auténtico. Para perdonar y perdonarse hay que saber amar. Todo aquél que ha experimentado alguna vez el amor, y con él la felicidad, sabe que el auténtico perdón limpia el alma, no la hace inmune.

Jesús de Nazaret, durante su ministerio, practicó el perdón. Muchos acudían a él para quedar limpios del alma y del cuerpo, y él les ofertaba el perdón. Para Jesús, la base de muchos desordenes físicos y psíquicos estaba en el sentimiento de culpa. Un hombre culpable es esclavo de sí mismo, está enfermo. La culpa conduce al orgullo desmedido y a la soberbia, y también al autocastigo. El perdón de los pecados es la clave de muchos milagros realizados por Jesús. El auténtico perdón devuelve la vida. El perdón es un milagro que transforma, no sólo cambia, transforma. Y esta transformación es la base para buscar la reconciliación.

El perdón al que hacía referencia Jesús no buscaba ningún interés particular, sino la reintegración de la persona. Él quería que el pecador, el que había lastimado a alguien, el que había atentado contra la integridad de alguna persona o la propia, pudiera experimentar sus acciones y sus dolores, y llegar a perdonarse. El milagro del perdón consiste en la reintegración del pecador a la comunidad, al grupo, a la familia, no ha su exclusión. Pero, para no caer en un juego y debate mental de qué hacer con la justicia, hay que entrar en la dinámica de una justicia desde la perspectiva de la compasión. Quien perdona es compasivo.

La compasión es la otra forma o manera de curar y de limpiar el alma. No basta el perdón, hay que ser compasivos. Esta palabra tiene una mala interpretación. A menudo, algunas personas, la confunden con ‘sentir lástima’ o ‘sentir pena’. Pero su significado real no es éste. La compasión es una palabra compuesta del prefijo com y del vocablo padecer; etimológicamente se puede traducir como ‘participar de los sentimientos de aquél que sufre’. Asimismo, `tener compasión significa saber vivir con otro su desgracia, pero también, sentir con él cualquier otro sentimiento: alegría, angustia, felicidad, dolor,…’ En la jerarquía de los sentimientos es el sentimiento más elevado:
sentir con.

Para curar el alma y toda una vida tenemos que ser compasivos. Muchas personas sólo se dejan llevar por la culpa, y se flagelan, se castigan, se odian, se juzgan con rabia, se hunden. Otras, son tan indiferentes al sentimiento del otro, que no sienten nada por su dolor y su pena. Ambos no son compasivos. Autolastimarse es no sentir nada por uno mismo; lastimar a los demás es no sentir nada por el otro. Los dos procesos sólo causan heridas. Para ‘lavar’ el alma hay que ser compasivos y misericordiosos, y practicar el amor en su forma más profunda: el perdón. A este respecto, Jesús nos muestra que la compasión forma parte de la vida, y que no es un acto extremadamente difícil. De hecho, es el acto más sublime del género humano, y también, el más sencillo. Tener sentimientos los unos a los otros es humano. Lo inhumano es no tenerlos. Pensar en los demás es humano, ser indiferente es inhumano. Ejercer el derecho y la justicia es humano, proceder injustamente, torcer el derecho, atentar contra la dignidad, es inhumano. Compartir con el que no tiene, abrir la mano al necesitado, cubrir la desnudez del desnudo, es humano. Acumular de forma infame, valorar más las cosas que a las personas, hartarse mientras otros pasan penas, es inhumano. Saldar las deudas contraídas con otros a causa de nuestros actos, es humano. Vivir con rencores y amarguras es inhumano. Hacer la guerra, matar al inocente, ser genocida es inhumano. Ser portador de vida, ayudar a quien lo necesita, es humano. No perdonar, vivir molesto, con sentimientos de culpa, morirse en vida es inhumano. Otorgar el perdón, buscar lo perdido, enmendar el daño es humano. Tener compasión por quien se equivoca, experimentar la alegría de compartir y recibir, gozar la reconciliación, con sus matices, pero al fin y al cabo reconciliación, es humano. Buscar la humillación del otro, joderle la vida a alguien, gozarse con los errores de los demás, no ser compasivo, es inhumano.

Se puede lavar el cuerpo y quedar limpio, lavar la ropa y quedar hermosamente blanca; estrujar las manos con el jabón, tallar hasta quitar lo percutido. Pero para limpiar el alma se necesita humildad para reconocer cada acto cometido, desde la perspectiva del perdón y la compasión.

¿Cómo se limpia el alma? Un niño sucio preguntó. Alguien que tenía todo el derecho de no hacer esta pregunta; antes bien, podía reclamar todo de su vida. Pero, se sentía sucio por fuera y por dentro…

Hay muchos que caminan limpios, pulcramente vestidos y bañados, perfumados, que se experimentan con un alma sucia. Y lo peor, es que siguen caminando con su soberbia a cuestas, sin otorgarse el perdón y la compasión que todo lo cura.

Reyes Muñoz Tónix, Sch. P.

Un prenovicio en hogares

Cada día que me despierto le doy gracias a Dios por el regalo de la vida, por mi salud, por mis amigos y por la belleza da las cosas que me rodean. Sin embargo, con tristeza veo a gente que, por las heridas que el pasado ha dejado en su vida, les es imposible deleitarse con la suave fragancia de una flor y hasta comprender la presencia de personas buenas que están en derredor suyo. Tal es el caso de un niño que no tuvo la oportunidad de nacer bajo el cuidado de una familia y, por lo tanto, el destino lo ha condenado a la miseria, al fracaso, a la desdicha, al hambre, a la suciedad... a la muerte.

En el mes de agosto del año que concluyó, el Señor me permitió comenzar una nueva etapa en mi vida: la de ser prenovicio escolapio. Y un apostolado que realizamos en el prenoviciado es el de visitar a los niños de los Hogares Calasanz.

Tengo muy presentes a cada uno de esos jóvenes y niños con los que he convivido. Veo en su inocencia y humildad la huella que el tiempo imprimió en ellos, pues, detrás de cada chico hay una historia diferente. Se dejan ver sus sentimientos, sus anhelos más sutiles, sus ambiciones más secretas, su sencillez de corazón; niños sin sentimientos de posesión, de superioridad, de envidia ni de opresión... todo lo contrario.

¿Qué es para mí la casa hogar? Considero que es un lugar donde recibes amor, comprensión, enseñanza y el recibimiento de todos. Cada vez que voy y paso tiempo con los jóvenes reflexiono sobre las palabras del Evangelio que dicen “yo no vine a ser servido sino a servir”.

El hogar me invita a volver a aquellas virtudes de los niños: simplicidad, inocencia, sinceridad, credibilidad, docilidad y buena disposición; pero también me hace pensar en tantos otros niños y jóvenes que, resultado de una familia arruinada, maltratados y destruidos por una sociedad insensible a sus necesidades, imbuidos en vicios de cualquier clase como resultado de la ociosidad, aún no tienen quién los ayude a levantarse y  comprender que la vida es el regalo más hermoso que se nos ha dado.

Me admira en sobre manera la capacidad que tienen las personas que dirigen esta obra: el padre Reyes, el padre Lupe, así como cada uno de los “tíos y tías” que incondicionalmente entregan su tiempo, su comprensión, su afecto, su paciencia, su amor... su vida; personas llenas de cualidades y virtudes admirables, amables, inteligentes, preparadas, que nos enseñan el verdadero significado de lo que es servir.

Estoy muy agradecido por esta bella oportunidad que Dios me ha dado: conocerlos.

¿Qué es lo que nos mueve a dirigirnos por la vida?
Me despido no sin invitarles a que fortalezcamos en nosotros esos sentimientos de donación, desprendimiento y servicio, a vivir el amor de Dios.

Les envío un fuerte abrazo
José Luis Saucedo, prenovicio
 
 
 
 
 
 

Tres maneras de ayudar

a) Apadrina a un niño. Consiste en estar al pendiente de un menor, acompañar su proceso de formación, preguntarle sobre sus logros, apoyar sus gastos de escuela, planear con él metas y objetivos. Hogares Calasanz se compromete a notificar en tiempo y forma, a mantener una comunicación puntual sobre el niño en cuestión, a manejar con transparencia los recursos destinados.

b) Portador de sonrisas. Consiste en cubrir el gasto corriente de uno de los servicios de una casa (agua, luz, gas teléfono). El apoyo está en orden al donativo a cubrir, y oscila entre los $200.00 al los $700.00 al mes como máximo. Todo se controla por recibo de servicio.

c) Reyes de apoyo por la infancia en Hogares Calasanz. Involucrar a donadores potenciales con una cuota fija de $20.00, $50.00, $100.00 para subsidio económico para fines formativos, atención médica y salud integral, servicios...

 

 

 

 

 

 

 

 

Para mayores informes con relación a HOGARES CALASANZ favor de contactar informacion@calasanz.org.mx

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