Reyes Muñoz 1er. Artículo

 

Pepe Segales Reyes Muñoz Reyes Muñoz 1er. Artículo Reyes Muñoz 2do. Artículo Reyes Muñoz 3er. Artículo Dialogar es amar Cuando el Chincha hablaba de Dios Su dolor era su dolor Cuando un hombre muere

Era un mendigo que derrochaba amor 

Así lo conocí y así lo recuerdo… Su figura enigmática cautivaba hasta el espíritu más insensible. Todos podían estar en desacuerdo con él, en sus formas o en sus métodos de amar, pero a todos infundía respeto su trabajo con los niños de la calle; nadie pudo sustraerse a quedar cautivado por lo que hacía. Para algunos fue un testimonio de entrega y de servicio, para otros un soñador y un idealista. Para mí, un hombre de oración. A partir de ella se construía todo lo que hacía. En la oración él encontraba las respuestas ante tantas preguntas que se formulaba a causa de la pobreza y la miseria del hombre en el mundo. Experimentó el dolor y el sufrimiento humano en carne propia  y no se detuvo a contemplarlo, se involucró con el para transformarlo, para rescatar la perla preciosa que cada persona lleva en sí mismo, su dignidad. 

Convivió con los pobres, con los drogados, con los rateros, con los opresores, con las prostitutas, con los violentos, con los olvidados, con los marginados, con los iletrados, con los ignorantes. Sus amigos eran ellos, los sucios, los malolientes, los mugrosos, los de mal aspecto. En torno a él, también se reunían hombres cultos, periodistas, políticos, jerarcas de la iglesia, religiosos, empresarios, humanistas, profesores, profesionistas. Unos y otros le escuchaban hablar con su lenguaje florido, con su aspecto folklórico y sucio. Niños y adultos lo escuchaban con atención. Su palabra estaba impresa de mensaje. 

Afirmaba que todo ser humano tiene el derecho a nacer en un clima de amor. Y luchó por establecer ese derecho en todos sus Hogares en donde reunía a sus niños y niñas. Hablaba de amor aquél que tenía aspecto de mendigo, fumaba puro, y era capaz de andar descalzo para que otro caminara con pie seguro. 

Su amor nunca fue un bello pensamiento, ni un discurso bien articulado. Su amor era detalle y acción, abrazo tierno, caricia suave, pan que alimenta, agua que sacia la sed. Nunca se conformó con hablar de los pobres, ni se ufanaba de entender las complejas tramas sociales, si bien tenía un conocimiento claro de ellas, ni de identificar las neopobrezas actuales. Vivió como ellos y con ellos, en sentido espiritual y literal. Vivió como soñaba, dando y dándose a su estilo, con un gozo reflejado en su rostro. Su voz profética puso en crisis a más de uno, que en nombre del amor, se quedó en su mundo ideal y fantasioso. 

Quienes lo vimos en acción jamás podremos olvidar su carisma, su extremada extravagancia con que seducía a sus interlocutores. Lo recuerdo muy bien en el Hogar de primer ingreso que instituyó para los niños y jóvenes de primer ingreso, los de la calle. Ahí puro drogadicto y mal portado. Todo olía a droga barata, a esa que mata el pensamiento, pero que aparentemente saciaba el hambre y la soledad. En medio de ellos él, arropado y empujado por todos. Encima de él reían y él se dejaba tirar por ellos. Y de entre una montaña de niños, haciendo acopio de todas sus fuerzas, emergía alegre el hombre que los hacía felices. Y comenzaba la persecución en el salón pintarrajeado y derruido. Se quitaba un zapato y lo botaba a cualquier parte, sin dirección alguna. Los más avispados lo evadían, pero casi siempre había un atolondrado a quien le tocaba pagar las consecuencias de tan semejante acto pueril. Entonces todos reían a grandes carcajadas, dejando de lado el sufrimiento y la droga por un momento… 

 Él acudía presuroso por el zapato que había alcanzado a su objetivo y abrazaba a su hijo, causa de su alegría, quien según donde le hubiera tocado, o estaba amoratado o con un hilillo de sangre escurriendo de la nariz o boca. Pero acto seguido, lanzaba un grito que penetraba el alma: ¡Yo los amo! - ¡Dios nos ama! - ¡Nos amamos! Su grito callaba todo ruido existente, dejando paso al pensamiento interno, a la semilla del amor que se siembra en el corazón, y luego, más tarde, da fruto: el ciento por uno, el setenta, el cincuenta, o el uno por ciento. 

Él decía que los amaba amando, que los quería queriendo. Y ellos experimentaban en él, el amor de un padre, de un amigo, de un buen hombre, que a base de lucha, esfuerzo y cariño, quería transformar la vida de cada uno de quienes amaba, aunque no todos estaban en la misma sintonía, ni querían dejarse amar, porque nunca habían experimentado lo que era el amor. 

Su amor no siempre fue comprendido, también fue rechazado por propios y extraños. Aún recuerdo las críticas que le hicieron en un foro en la Ciudad de México por su forma de vivir, de vestir, de derrochar -decían- lo que otros le daban. En su recta intención, lo que él quería era que sus niños tuvieran la oportunidad de experimentar un mundo diferente al de la marginación, elevar su autoestima, su auto-apreciación. Por eso los regalos y las fiestas, las vacaciones y los restaurantes, que tanta mella causaba en sus observadores. 

Era un mendigo que derrochaba amor, así lo identificaban quienes lo conocían y se comprometían con su causa; un hombre diferente que cautivaba y que generaba todo tipo de comentarios; un líder social que cuestionaba e invitaba a la reflexión, desde cualquier perspectiva.  

Pero en el centro de su vida, yo le oí decir personalmente, que la fuerza de su acción se derivaba del amor profundo que sentía que le daba Dios: ¡Cómo no amar, si Dios me ama tanto!, ¡cómo no dar, si Dios me ha dado tanto! Para él Dios era Padre de ternura, Padre Providente, Padre de Misericordia. Todo se reducía a Dios y de Dios todo procedía. Esa era su confianza y su fe. La consecuencia del amor a los callejeros tenía su causa en Dios.  

Una tarde de julio (9/07/97) recibí, por azares del destino, la llamada telefónica de que el Chincha había muerto. Las horas siguientes hasta su entierro son dignas de mención a parte, y que entregaré, en el siguiente artículo…

Reyes Muñoz Tónix. SchP.

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