Reyes Muñoz 2do. Artículo

 

Pepe Segales Reyes Muñoz Reyes Muñoz 1er. Artículo Reyes Muñoz 2do. Artículo Reyes Muñoz 3er. Artículo Dialogar es amar Cuando el Chincha hablaba de Dios Su dolor era su dolor Cuando un hombre muere

 

   Murió en él aeropuerto de Colombia. Su último viaje fue hacia la casa del Padre. La noticia de su muerte conmocionó a todos. Tal vez pensaban que nunca moriría, o que tardaría en morir. Él entendía la muerte no como una despedida, sino como una gracia, un premio. Quería estar pronto en las manos de su Padre. A menudo decía y escribía que “ya quería morirse”. Pues si en vida podía tenerse tan sólo una idea de Dios y su Reino, cuánto más sería la experiencia al estar al lado del Padre después de la muerte. “Ya no alcanzan las palabras para traducirte”, afirmaba, “por eso anhelo la muerte”. Quiénes le oíamos hablar así, y lo digo en estricto plural, porque muchas veces platique esto con hombres y mujeres allegados a él, encontrábamos certeza en sus palabras. De Dios sabemos más lo que no es que lo que es. 

El quería la muerte, pero no la esperaba tan pronto, ni tampoco nosotros. Sabíamos perfectamente que la obra de Hogares Providencia sufriría históricamente un impacto difícil de superar. Y así fue. La historia, a nueve años de su muerte, no perdona. La obra existe, pero ha tomado una inclinación diferente. Algunos de sus hijos no soportaron la muerte, y se unieron más tarde a la suya. Sólo que no creo que tuvieran la claridad del Chincha. También el hombre se muere por falta de amor, se muere de desamor. 

         Era de tarde cuando recibí la llamada desde Colombia. Era junio y el sol estaba radiante. La noticia, como es normal, causó expectación en mí. Yo lo quería, y lo tenía como un escolapio ejemplar. Había tenido la oportunidad de vivir con él (cuando llegaba, pues tenía un modo de vida sui generis), en una casa que tenían los escolapios en México D.F., en la calle Renato Leduc, entonces sede Provincial. Había reído con él, orado con él, comido con él. No era ajeno. Sin que él lo supiera, anotaba sus palabras en las hojas que tenía a mano, describía sus movimientos, adoptaba sus reflexiones sobre Dios, y quería hacerlas mías. Por lo que la noticia de su muerte, más allá de ser una noticia trágica, la tomé como la toma un amigo que se entera que ha muerto el otro. La sentí profundamente.         

Después de tomar nota de lo que se decía por teléfono, para avisar a quien correspondía, como debe hacerse, colgué el teléfono y pensé en sus niños: “había muerto su padre.” Pensé en los drogadictos, en las prostitutas, en los niños de las esquinas, en los viejos solos y abandonados a quien también atendía. Pensé en un universo de cosas. 

         El destino quiso que fuera yo quien notificara la noticia a su gente de Hogares Providencia. Desde ese momento asumí con cariño la responsabilidad encomendada, y Dios sabe que digo la verdad, porque a 9 años de su muerte, jamás busqué ningún afán protagónico como podrá leerse en lo que sigue a continuación, y aún más, que es la primera vez que habló de esto públicamente. 

         En Hogares Providencia la noticia se tornó en tragedia. Esa misma noche se convocó a una junta del patronato. Muchas preguntas estuvieron en el aire, ya no sobre su muerte, sino sobre el futuro de su obra. Había quienes se autonombraron los más cercanos al Chincha, adjudicándose el derecho a tomar decisiones. Yo fui un espectador más, hasta que se me ocurrió decir que el Chincha era religioso escolapio. Mis palabras alteraron el ambiente en otro orden de ideas. Hubo quien preguntó dónde se habían metido los escolapios todo el tiempo, pues no los habían visto; que era más de Providencia que de su Orden, etcétera. Ciertamente había algunos que lo tenían por religioso, pero no es que hubiera una alta estima por la Orden de los escolapios. Pasaron entonces a la logística: el cuerpo, los trámites, el día, las horas, las autoridades, los niños, los medios de comunicación, los mil y un por qué, que se deducen de la aceptación de la realidad. El duelo debía esperar. 

         Como representante, en ese momento de la Orden religiosa, participé gracias a la buena voluntad de gente que estimaba mucho al Chincha como religioso, de todo. Los trámites de su traslado de Colombia a México requirieron de una serie de documentación: era español, muerto en Colombia y se quería trasladar a México. Los nexos con los vínculos oficiales requerían de testimonios. La arquidiócesis de México, a través de un delegado, estuvo al tanto y facilitó las cosas. Al final, se logró concretar que el cuerpo sería trasladado y recibido para los funerales con sus hijos y su entierro. 

En el ínter, se suscitaron muchas anécdotas. El Chincha era un personaje singular y público. Los medios de comunicación se volcaron a dar la noticia, a entrevistar, a difundir su mensaje; ahí si que encontré muchos protagonismos de los cuales no hablaré, porque no tiene objeto. Sólo puedo compartir, en términos generales, que hubo quien habló con el corazón y quien sólo habló para salir en algún medio de comunicación. 

         El cuerpo llegó a los andenes del aeropuerto Benito Juárez de la Ciudad de México D.F., de madrugada. Como testigo se me llevó a reconocerlo. Jamás me hubiera imaginado estar en las entrañas del aeropuerto, ni que fuera tan grande. La procedencia de Colombia hacia que todo fuera más controlado. En la aduana se tenía que abrir el ataúd (que no era, para mi sorpresa, sino una vil y llana caja de madera, simple y tosca) para mirar el contenido y descartar que hubiera algo ilícito en su contenido. La caja venía sellada por todos lados, y tenía no se cuantas etiquetas, seguro es que había pasado por muchas revisiones anteriores. Primero pasó por la banda que lleva a mirar a través de rayos infrarrojos, a manera de una toma de rayos x. Luego, al quitarle la envoltura de plástico, unos perros olfatearon sin encontrar nada. Acto seguido, un hombre fuerte y bien adiestrado para el caso, quitó lo clavos sin la menor sutiliza. Se destapó la caja y apareció un cuerpo diminuto con una barba prominente… ¡Eras tú!        

Y lloré, como llora alguien que ha perdido a un ser muy querido. Nos dejaron a solas un momento breve. Allí estabas tú, encogido, apretado, frío. Sentí tristeza por la forma, no por el contenido. Y aunque sabía que estabas con el Padre, con quien siempre decías que era un bonachón, el modo en que te ví me puso triste. Quise tomarte y cambiar tu caja por una más ancha, más allá del lujo, te quería cómodo. De pie eras más grande, cuando gritabas eras más fuerte, infundías temor y respeto; cuando orabas parecías otro; cuando profeta hablabas, sin ser prudente en ocasiones, como cuando te agarraron los judiciales y te dieron una senda madriza por defender a uno de tus hijos drogados, según me contó la tía Soco, una mujer ejemplar que se ha vuelto amiga mía, y que caminó contigo todo el tiempo. De hecho en su libro, confesiones, narra más de una de estas situaciones.  

         Lloré sinceramente, solos tú y yo en los hangares del aeropuerto. Firmé la hoja en que testificaba que eras tú, aunque no te parecías en nada cuando te veía entrar a tus Hogares, lleno de vitalidad y de cosas chuscas, violentas todas porque así eras, brusco, pero chuscas. 

         Salimos del aeropuerto en un servicio funerario famoso que te contrataron. A la salida de la aduana estaba un periodista de una cadena televisiva famosa, tenía dos niños mugrosos que lloraban; él les hacía preguntas. Sus ojos bien abiertos me dijeron que no sabían nada. Dos policías motociclistas nos acompañaban. Más tarde me dijeron que era para proteger el cuerpo… Y era verdad, pero te lo contaré en el próximo envío… Muchos querían tocarlo, quedarse con algo de él.

Reyes Muñoz Tónix. SchP.

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